Triatlón Querétaro 16

jueves, 7 de diciembre de 2017

IRONMAN COZUMEL 2017

Nada es verdad, ni mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira.
San Miguel de Cozumel es mar, es playa, es pueblo; y es en parte como mi terruño, con sus calles típicas pero amplias y bien trazadas, su aire húmedo, su gente morena y sudorosa. 
Del otro lado del pueblo, el otro mundo. Hoteles de mil estrellas, turistas de mil orígenes, atletas de mil países, mar de mil colores. Ironman. Dos realidades que conviven obligadas y simbióticas.
Hasta el día previo al viaje, había nervios. Pero al llegar a la expo, poco a poco el reto inminente se empieza a ver aún más abrumador, a golpe de observar a los compañeros de aventura, muchos impresionantes veteranos de mil Ironmen, vestidos desde ya para la ocasión. Hay de todo, jóvenes, viejos, no tan jóvenes, muy viejos, blancos, amarillos, morenos, negros, no tan negros, mujeres, hombres, algunos con el rostro más curtido o más severo que otros, pero cada uno proyectando, a su manera, la identidad inconfundible de atleta, de hombre de acero.


Domingo, 4:00 de la mañana e inicia el desfile hacia la zona de arranque. Los que más tarde serán brillantes protagonistas, ahora parecen sombras, cargando cada uno su cruz, sus arreos. Se respira tensión, nerviosismo, hasta que algún mitotero grita algo gracioso en algún idioma inentendible. Algunos ríen, otros nos preguntamos qué habrá dicho, pero todos continuamos, como ganado educado, el desfile hacia los autobuses.
Suena la sirena que marca el arranque de los más rápidos. Yo estoy atrás en la fila, en el corral de los de 1:20 hrs. en el nado. Me llega el turno y salto al agua de bombita, protegiéndome los gogles. Las primeras brazadas me permiten comprobar que el agua de Cozumel es más clara que el agua de cualquier otra parte en que haya estado jamás. Se observa perfecto el fondo a ratos arenoso, a ratos con una especie de pasto largo que ejecuta una ondulante y sincronizada danza, decorada de vez en cuando por algún pez extraviado del cardumen seguramente ahuyentado por 3000 aspirantes a sirenas y tritones. Y a ratos, el coral oscuro. Así de hermoso es el panorama, así de hermoso es el mar en Cozumel.

Cada vez que sumerjo la cara para exhalar, levanto la vista a ver al nadador o nadadora de adelante. Trato de ir a pies lo más que puedo y por los manotazos en mis plantas, sé que el compañero de atrás de mí también hace lo mismo. Y así seguimos y seguimos y seguimos. No tengo referencia clara del tiempo ni la distancia, hasta que en un momento se empañan los gogles y me obligan a flotar a braza un momento para ajustarlos. La esperanza fallida de que ya estuviera en los umbrales de Chankanaab se desvanece cuando veo en el Garmin que van apenas 2,400 metros y poco más de 45 minutos nadados. Pero me siento mejor que bien y disfruto al máximo el momento; por lo menos, trato de hacerlo y no pensar en el esfuerzo que es moderado, placentero y así sigue, hasta que a mi izquierda alcanzo a ver entre los reflejos del sol contra el agua y mis gogles, que vamos llegando a Parque Chankanaab, fin del tramo marino del Ironman. Vuelta a la izquierda en la boya piramidal, vuelta de nuevo y retorno y el arco que marca el final del tramo de nado está a 100 metros. Desesperante e interminable hectómetro final que parece alargarse a cada brazada, pero que finalmente termina y ¡por fin pie a tierra!. Veo el reloj y literalmente no lo puedo creer: 1 hora y 6 minutos, que son 14 menos que la meta planteada y sin lugar a dudas, mi mejor tiempo jamás nadado.


Ya cambiado, me voy a buscar la potra: Ahí está mi Fuji D-6. Luce briosa y las ganas de montarla me emocionan. Pronto ya vamos hacia Sur de la isla, a ritmo deliberadamente muy moderado, comiendo la primera porción del día. Al llegar a Punta Sur y voltear con rumbo Norte, la pared de viento se siente de pronto. No es inesperado el golpe, ya se sabe, pero es aquí donde el novato pierde y el experimentado gana. En mi caso, aunque la estrategia de carrera era muy clara y había que mantener el esfuerzo constante, sin importar la velocidad, intento mantenerme al parejo de mis vecinos, quemando energía de más. Al cabo que voy fuerte, no pasa nada (por ahora). Llegas a Mezcalitos, doblas al Poniente para cruzar al otro lado de la isla y en ese tramo, ya con viento a favor, te recuperas. Pero ¡sorpresas, sorpresas te da la vida! De Mezcalitos al pueblo de San Miguel de Cozumel el viento arrecia y apunta exacto contra mi frente; y yo, idiota, me le rebelo. Error estratégico fundamental que pagaré con sangre.


Voy comiendo cada hora la ración prescrita por la nutrióloga. Una barrita energética Clif y un gel con cafeína. Voy bebiendo a ritmo de un bidón de 750 ml por hora y me siento muy fuerte, motivado y optimista. Calibro daños en piernas, rodillas y ánimos y son cero. ¿Por qué bajar el ritmo? Es el tramo al Sur, sin viento. ¿Y la estrategia?... No hay por qué bajarle al ritmo: el Garmin marca por momentos velocidades de 38, 39 km/hr. “Si quieres hacer 6 horas en la rodada, nunca subas de 30 – 31 km/hr”, había escrito el Coach. Pero el mar a mi derecha, con mil o millones de tonos de azul turquesa, la sensación de poder al ir rebasando corredores, las sensaciones de bienestar, las endorfinas, todo me dice que siga. Y yo sigo.
Nuevamente Mezcalitos, nuevamente a cruzar la isla, nuevamente Chankanaab y nuevamente a acelerar a todo rumbo al Sur. Solo falta una vuelta y voy a ritmo de bajar por buen rato las 6 horas en el circuito ciclista. Antes de llegar a Mezcalitos por tercera vez, el velocímetro del Garmin no sube más allá de los 25. Cruzar la isla ya no es tan fácil, antes al contrario, es muy difícil mantener los 20 o 25 kms/hora contra el viento cada vez más intenso y siento como si un gorila espalda plateada se me hubiera encaramado en el lomo. Son ya más de 7:30 horas continuas de competencia y al terminar el tramo de bici, veo a Ruth y a Sarah justo en donde inicia la zona de desmonte. ¿Cómo vas? La respuesta no recuerdo cuál fue pero sí recuerdo que difícilmente pude haber dicho algo, con la boca y labios adormecidos por el viento, el líquido helado que venía bebiendo y el esfuerzo acumulado.



Entrego la bici y me preparo para correr el Maratón. Me cambio lo más rápido que mi nivel de lucidez me permitía y salgo a recorrer la distancia de Filípides. Al salir de la tienda de Transición, nuevamente mi esposa y mi hija que se han adelantado un poco, me esperan. No puedo evitar la emoción al recibir sendos besos preñados de bendición, amor, ánimo y esperanza. El nudo en la garganta me revive y deliberadamente trato de visualizarme llegando a meta. Revivo aún más y los cuadríceps que venían ya dormidos y dados por vencidos son relevados por abductores y gemelos. Poco a poco sigo reviviendo y volviéndome a sentir dentro de competencia. El ritmo se empieza a estabilizar y la lucha contra el viento se reanuda, pero ahora el enemigo tiene un aliado: el calor, que no se sentía en la bici aunque ahí estuviera, presente, agazapado, pero que ahora se acumula, se siente en cabeza, cara, hombros y resto de mis partes. Me reconforta pensar que pronto empezará a caer la tarde e irremediablemente las condiciones mejorarán. El optimismo regresa, el sueño se reactiva: seré Ironman.


Chiquito se me hace el mar para echarme un buche de agua.
Pero también irremediablemente, las reservas energéticas se me van agotando. Tengo que caminar en los puestos de abastecimiento, me empapo en agua helada cada que puedo y alterno un buche de agua, uno de gatorade y uno de Pepsi cada kilómetro. Sigo comiendo cada hora, aunque el cogote y el estómago protesten, pero ya no es eso lo que me mantiene a flote, ahora es solo la terquedad. No me puedo dar por vencido. Primero muerto que no llegar a meta, literalmente. Son 3 vueltas de 14 kilómetros y la recta final de 195 metros. Van 2 vueltas y la tercera se siente interminable. Hace buen rato que cayó la noche y el viento sigue torturando, ya no hay calor pero sí un cansancio infinito. Pero es el cuerpo el que se cansa, la mente sigue soñando e increíblemente me sorprendo sintiendo nostalgia por lo que ha quedado atrás este día. Que no se acabe, aunque me caiga. ¡No!, mejor que sí ya se acabe. ¡No, mejor que no!

El dolor es temporal, la satisfacción es para siempre.
A pesar de todo, muy adentro el diablito sigue diciendo “para, para”. Aunque fuera para descansar un minuto o tal vez dos, pero el deseo intenso de parar se alterna con la visión de mí mismo levantando los brazos al final. Y hay que recurrir a todo, aún a las frases cursis que me vienen a la cabeza. Y llega el kilómetro 40 y después el 41 y el 42. Desde antes de doblar rumbo a la meta, busco a esposa e hija, sin encontrarlas y entonces lo escucho: “Gerardo Enríquez, TÚ YA ERES UN IRONMAN”


Ironman Cozumel
Nov. 26, 2017
Tiempo oficial: 13 horas 51 minutos 43 segundos


miércoles, 17 de mayo de 2017

IRONMAN 70.3 MONTERREY 2017

Esperé con ansias la fecha del domingo 14 de Mayo. Traía clavada la espina del fracaso en Ironman 70.3 Los Cabos hace 6 meses y ahora no había pretexto, ni lesiones, ni achaques de ningún tipo: o sacaba un buen resultado o sacaba un buen resultado, pues el entrenamiento ha ido muy bien con mi nuevo entrenador y además, era mi debut en la categoría de 60 a 64 años. Fui bastante competitivo en la categoría anterior, pero aunque todavía me caía de repente un buen resultado, ya estaba siendo muy difícil competir contra los “bebés” de 55 años. Ahora, recién desempacado en mi 6ª década, creo que hay más probabilidades de subirme a los podiums y Ironman 70.3 Monterrey es una buena competencia para comprobarlo, pues estarán compitiendo varios de los mejores de la categoría en México.

El clima de Mayo en Monterrey es muy caluroso y el fin de semana de la competencia no era la excepción. Estaban anunciados 30 grados centígrados para la hora en la que yo calculaba que estaría en el tramo de carrera a pie, pero aunque ese pronóstico me intimidaba un poco, la buena preparación que traía me animaba. El domingo desde las 5:30 de la mañana, mientras nos dirigíamos a la zona de transición, ya se sentía calorcito y el chofer del Uber respondió a mi pregunta de qué temperatura marcaba el tablero del auto: 24 grados, dijo indiferente. Traté de pensar en otra cosa, pero no pude dejar de imaginarme como se sentiría correr ya al mediodía con 6 u 8 grados más. El conductor del Uber quiso saber cuánto tiempo dedicaba yo a entrenar y al escuchar que en total uno hace 14, 15 o hasta 20 horas a la semana, volvió a preguntar: ¿vale la pena tanto sacrificio solo para venir a nadar, rodar y correr por un rato, en una competencia en la que no van a ganar y en la que además ni les pagan? pensé que venir a Monterrey ya valía la pena, que pasara lo que pasara, 6 meses de entrenamiento específico para la competencia valían la pena y le contesté, un poco encabritado, quizá más por el síndrome pre competencia que por lo impertinente de la pregunta: el entrenamiento no es sacrificio, es parte de tu vida. Si fuera sacrificio, hace mucho que lo habría dejado. El día en que ya no pueda entrenar, seré otro.

El preguntón calló el resto del trayecto y solo volvió a hablar para avisar que había vallas que le impedían continuar el trayecto.

Cuando llegué a la zona de transición anunciaban que el agua estaba a 26 grados, por lo que no se permitiría el uso del traje de neopreno. ¡Mala noticia!, pero es lo mismo para todos.
A las 7:00 de la mañana en punto y con el día a duras penas clareando, suena la sirena e inicia el Rolling Start. Empiezo a nadar por ahí de las 7:05. No había logrado colarme a un buen lugar en el corral de salida y la aglomeración era mucha, todo mundo peleábamos por un espacio para bracear y los empujones y los manotazos se sentían a cada brazada; había que cuidarse mucho de las patadas del nadador en turno de adelante, pero al mismo tiempo buscaba seguirle los pies para aprovechar su estela y ahorrar algo de energía. El Río Santa Lucía es muy estrecho, en tramos mide no más de 10 metros de ancho y con 2500 competidores nadando al mismo tiempo era imposible hacerlo cómodamente. Como pude fui avanzando, pero no era posible tomar un ritmo de competencia; hice lo necesario para controlar la desesperación, eché mano de toda mi paciencia, empecé a acompañar mentalmente y a cuidar la técnica de brazada y para cuando pude mirar el Garmin ya había nadado más de un kilómetro. 


La sensación era muy agradable, a pesar de todo y en cada salida a respirar alcanzaba a escuchar intermitentemente la gritería de apoyo a los nadadores. Fugazmente alcanzaba a ver a través de mis empañados goggles muchas siluetas fantasmales agitando los brazos, animando al más cercano nadador anónimo, pero inevitablemente transmitiendo el impulso anímico a todos.

El río empezó a hacerse infinito. Ya no quise volver a ver el Garmin y antes de cada doblez de la ruta pensaba que, ahora sí, se vería a lo lejos el arco que marcaría el final del tramo acuático. Pero no. Hasta que finalmente después de un pequeño viro a la derecha ¡ahí está la meta!. Paro el cronómetro y marca 44 minutos y 42 segundos; más de 4 minutos por encima del objetivo.

La zona de transición ya estaba vacía a medias, lo que significaba que muchos nadadores ya se habían convertido en ciclistas antes que yo. Es normal, pensé, arranqué a la mitad del pelotón, pero en el fondo sentí el aguijonazo del desencanto de haber hecho más tiempo del planeado en el nado. Armado con casco, lentes y guantes, descolgué la bici y crucé la línea que marca el inicio de la zona de monte, solo para darme cuenta de que había dejado las zapatillas abrochadas. Primer error del día. Hubo que desmontar para abrir las correas y calzarme, perdiendo quizá valiosos 50 o 60 segundos.


Atravesé Macroplaza, crucé el puente Zaragoza y más pronto que tarde ya estaba rodando en Morones Prieto, iniciando el largo recorrido hacia el Oriente, al Norte del Cerro de la Silla.

Ahora sí, estoy en mi elemento. Es el ciclismo en donde hoy por hoy me siento más fuerte, gracias al programa de entrenamiento que estoy siguiendo con mi nuevo Coach. En posición aerodinámica, siento la velocidad de más 50 km/hr que marca el Garmin en las pendientes a favor, y en el plano no bajo de los 34. En la bici voy cómodo y me siento muy enamorado de mi Fuji D6 Matt Reed, por bonita, pero más porque es verdaderamente un avión: ligera, rápida, briosa,  aerodinámica. Y hoy se siente mejor que nunca. Rebaso a muchos ciclistas, pero no resiento mayormente el esfuerzo. Quiero ser conservador, no tanto como el año anterior, pero aún así, voy más rápido que todos los que tengo al alcance; rebaso y rebaso y nadie me rebasa. Voy siguiendo al pie de la letra el plan de hidratación y alimentación diseñado por mi Coach. Cada 15 minutos 2 tragos grandes de isotónico y cada 45 minutos un sobrecito de GEL.



Pero todo lo que de aquí pa’llá es de bajada, de allá pa’ca es de subida. Algo así logró descubrir el Filósofo de Güemez y yo lo comprobé en carne propia al dar vuelta en el retorno. Ahora la mayor parte del recorrido es con ligera pendiente en contra y la velocidad baja un poco, pero sigo siendo el más rápido del vecindario. Completo los primeros 45 kilómetros y la primera vuelta nuevamente en Macroplaza y yo me sigo sintiendo entero, con gran ánimo, disfrutando de los gritos de la gente y aún en gran forma. Nuevamente en Morones Prieto, la velocidad hace que me sueñe en el Tour de France. Voy eufórico y feliz, literalmente gozando cada kilómetro de la ruta.



Voy un poco más rápido en la segunda vuelta. Después de 3 horas de competencia no siento que se me vaya acabando la gasolina, ni mucho menos y la ruta se presta para acelerar, aún con la pendiente y un poco de viento en contra. Rebaso un pequeño grupo de ciclistas que no van compitiendo y escucho sus gritos de apoyo. Hay poca gente en la carretera y me concentro en el esfuerzo. Cada vez que volteo a ver el Garmin mi acumulado de kilómetros de ciclismo se acerca más a los 90, sin que el tiempo parcial del tramo vaya más allá de las 2 horas y fracción; empiezo a hacer cálculos mentales y concluyo que, de mantener ese ritmo en la bici y correr el medio Maratón en el rango de 1:45 a 1:50, podré terminar alrededor de 5 horas con 15 o 20 minutos, tiempazo mucho mejor que el objetivo de bajar de las 5:30 y que seguramente me pondría a competir por los escalones más altos del podium de mi categoría. Y sí; termino la ruta en bicicleta, desmonto sorprendentemente bien, checo mi Garmin y alcanzo a ver un parcial de ciclismo de 2 horas, 37 min y algo. ¡Maravilloso!.



La segunda transición fue más rápida que la primera, como tenía que ser. Voy emocionado por mi tiempo en la bici y por los gritos de la multitud, que aquí si la hay, y hago el cambio muy rápido. Al empezar a correr, todavía dentro de la zona de transición, piso por fuera de un área alfombrada, en una parte lisa y mojada y los pies se me van hacia adelante, deslizando como barriéndome en home. El sentón es ligero, me levanto rápido e ileso y me sirve para bajar las revoluciones. Despacio que llevo prisa, recuerdo que me dije a mí mismo al reiniciar el trote y cruzar el arco que marca el inicio del medio Maratón.

Por la zona en que inicia el tramo de carrera a pie, la acera a la orilla del Río Santa Lucía es estrecha y tortuosa, la superficie resbalosa en algunos tramos, con algunos escalones y por todo, poco apropiada para correr a ritmo. Al llegar a la zona de abasto del primer kilómetro, me alimento con GEL, me hidrato y tomo mi primera cápsula de sales. Segundo error del día, pues olvidé tomarla a la mitad del tramo de ciclismo. Hago el recuento de los daños hasta el momento: piernas bien, ritmo debajo de los 5:00 min/km, ánimo bien, todo bien y sigo pensando que puedo bajar de las 5 horas con 20 minutos, lo cual me sigue teniendo eufórico. Más eufórico de lo prudente, pienso, y no hay que echar las campanas al vuelo, por lo que trato de controlar el ritmo a no menos de 5:00 minutos por kilómetro. 
























El calor se siente como cuando cruzas Las Puertas del Infierno. No es que ya haya yo cruzado esas puertas, pero es algo ya sabido la temperatura que hay ahí. Cada que encuentro abasto, me refresco con agua fría en la cabeza, pero el alivio es fugaz. Aún así, el ritmo no cae y llego al kilómetro 10 en 49:55, sintiéndome fuerte ya casi para finalizar la primera vuelta. Empiezo a buscar al frente a competidores con la marca de la categoría “I” en la pierna, esperando verle la espalda al favorito, a quién saludé el sábado en la entrega de bicis. Veo y escucho a mi hija Sarah por primera vez en la carrera, animándome, y eso me levanta aún más el ánimo, si tal cosa fuera posible.


Inicia la segunda vuelta con los mismos pensamientos optimistas y tratando de conservar el ritmo, pero el Garmin me da una desagradable sorpresa al llegar a la marca del kilómetro 11: Ritmo de 5:50 por kilómetro. ¿Choqué con el muro? ¿A qué hora, que no lo vi? Yo me siento bien en general, pero las piernas no adelantan a la velocidad que yo quisiera y pronto mi ritmo se va por encima de los 6:00. Siendo lo que soy, maratonista más que triatleta, me duele aún más y en la cabeza ya empieza la búsqueda de explicaciones. Hay algunas que suenan lógicas y me inclino por aceptar la Paradoja de la Cobija. Si te cobijas la cabeza, te descobijas de los pies. Si te cobijas de los pies... ¿Entrené muchísima distancia de ciclismo a costa de poca carrera a pie? Quizá, pero la realidad del aquí y ahora es lo más importante y trato de concentrarme en adelantar un pie a la vez, cosa no tan sencilla en el momento, pues los calambres empiezan a aguijonearme ambas piernas, más la izquierda en la zona de la pantorrilla.


Ya no me importa terminar en 5:20 sino solo bajar de 5:30. Ya no compito por podium sino contra mí mismo y contra los calambres. Ya no escucho ni veo las porras, sino la pantalla del Garmin que me marca ritmos muy por encima de los 6:00. Y entonces, sin demasiada conciencia de cuánto falta, al levantar la vista veo, muy a lo lejos, mucho más allá de las cabezas de la gente, espectadores y corredores, el arco que parece ser el de la meta. Mucho más allá, mucho más lejos de lo que creo poder continuar corriendo o cualquier cosa que sea el gesto que voy haciendo. Pero por fin, lo que parecía quizá un espejismo se convierte en una realidad: después de dar vuelta a la derecha en el estrecho pasillo final, la meta está a 20 metros. Escucho a Saritah gritándome, pero no la veo. Levanto los brazos, subo la rampa final y me detengo justo en la meta para disfrutar 3 segundos más de Ironman 70.3 Monterrey.




Tiempo nado (1900 mts).- 44 min 42 seg.
Transición 1.- 3 min 44 seg.
Tiempo ciclismo (90 kms).- 2 horas 37 min 57 seg
Tiempo transición 2.- 2 min 50 seg
Tiempo medio Maratón.- 1 hora 59 min 36 seg
Tiempo Total (113.1 kms).- 5 horas 28 min 49 seg (Récord Personal)

3er. Lugar de Categoría 60 – 64 años.