Triatlón Querétaro 16

jueves, 21 de julio de 2016

Triatlón Challenge San Gil 2016 (70.3)

PREVIEW...

Iba a ser mi última competencia en el Club.

Después de 5 años de pertenecer al CEENME ANTROPO, el Club de Triatlón más pequeño de Toluca, Metepec y Anexas, pero el de más éxitos y Podiums en los últimos años, había decidido hacer una pausa y buscar otros horizontes.

El sábado en el ingreso de bicicletas a la zona de transición, nos encontramos mi Coach Jaime Becerra, su esposa, una ex-compañera del grupo, otra compañera que sigue activa y yo. Fue un momento emotivo: mi despedida después de 5 años. Y qué mejor lugar que enmedio de las super-bicicletas de cientos de Triatletas que al día siguiente íbamos a disfrutar/sufrir juntos Triatlón San Gil. Hubo saludos, abrazos y una despedida que quería arrepentirse. Pero las cosas se hacen y se hacen bien y la decisión ya está tomada. Aprendí muchísimo con mi Coach y los entrenadores del Club, disfruté y me divertí muchísimo en el grupo y el CEENME será parte de mis más bellos recuerdos. Tal vez hasta que un día no lejano decida volver, lo que no es imposible.

A las 5:30 de la tarde ya estaba en el hotel, durmiendo la siesta. A las 9 de la noche pedí una chapata de jamón con mucha cebolla y lechuga orejona, revisé mis accesorios de competencia y dejé listo el glorioso uniforme del CEENME, que iba a portar por última vez al día siguiente...

AGUA...
Las primeras brazadas en el lago artificial donde se hace el tramo de nado fueron, como en todos los triatlones, algo incómodas, pero salvo alguno que otro arrimón, fue una salida relativamente tranquila. No me preocupé mucho al principio de asomar la cabeza para mantener el rumbo, pues respirando del lado izquierdo podía ver la margen cercana del lago y eso, junto con la manada de nadadores, me daba referencia para poder navegar en dirección correcta. Pero conforme fuimos avanzando y se tenía que localizar las boyas en los cambios de dirección, sí hubo que ir alternando algo de nado de río.

Poco a poco, conforme se fueron calentando músculos y articulaciones, las brazadas cada vez se fueron haciendo más amplias y buscando apoyarme más. Para la segunda parte del trayecto, ya la respiración se sentía muy profunda y agitada, como debe ser si estás nadando en competencia, señal de que el ritmo era a todo lo que me daban mis capacidades. Me sorprendía un poco que no me atropellaban las oleadas de nadadores que salieron atrás de la mía, cosa que me animaba pues me confirmaba que no iba nadando tan lento. Se sentía bien el nado; la sensación empezó a ser de "que no se acabe, que no se acabe", que haya agua para nadar todo el día. 

Pero después de nadar en medio círculo al bordear una pequeña ensenada del lago, vi por primera vez la meta del tramo. Después calculé que en ese punto faltaban unos 300 metros, pero en ese momento y al sentir que faltaba ya muy poco, empezó a sentirse la aceleración mental. Cada vez que me asomaba para ver hacia adelante faltaba menos, pero por más que intensificaba patada y brazada, el final no llegaba y no llegaba. Por fin llegué, salí del agua, crucé los tapetes y chequé mi tiempo: menos de 40 minutos. Nada mal, pero absolutamente nada mal para los 1900 metros exactos que marcó mi Garmin. Todo iniciaba según el plan: ahora a por el avión, que hay que treparse a la Sierra Gorda. 

PEDAL...
No encontraron los voluntarios rápidamente mi bolsa de arreos de ciclismo, pero el retraso fue mínimo. Lo más rápido (o lo menos lento) que pude, boté el neopreno, me puse casco, lentes y calcetas y llegué a tomar la Kestrel que ya estaba lista con las zapatillas enganchadas y más ansiosa que yo.

La subida empieza tranquila. Las rodillas, que se sentían como flojas al salir del agua y empezar a pedalear, ahora ya van normales. Al llegar al kilómetro 10, damos vuelta a la derecha rumbo a Sanfandila. Siguen algunas subidas no tan difíciles, y más porque las piernas van frescas. En este tramo todavía vamos mezclados con los de la distancia Sprint, por lo que la ruta se hace un poco peligrosa por las maniobras atrabancadas de algunos novatos. Llegamos de regreso a la desviación y ahora sí, seguimos con la subida de a deveras, rumbo a Amealco, ya solamente los que vamos por los 90 kilómetros. El ascenso es casi constante durante 30 kilómetros; hay que mantener alta la frecuencia de pedaleo con el plato chico y los piñones grandes, pero aún así las piernas lo resienten y los cuadríceps empiezan a quemar por momentos. 

Por el kilómetro 50 me rebasa mi compañera de equipo del CEENME, pero es normal porque es una fiera con pedales; ella arrancó 5 minutos después que yo en el nado, por lo que yo esperaba que me rebasara desde los primeros kilómetros de la ruta, así que no voy tan mal sino al contrario. Y la sensación es buena. Todo va de maravilla hasta aquí, no me falta fuerza para subir, voy entero, bebiendo cada 15 minutos y comiendo cada hora; y falta la bajada, que ya quiero que llegue.

Y la bajada llega. Poco antes del kilómetro 60 terminamos de subir, damos una vuelta en U y empezamos a descender.
Los casi 30 kilómetros de subida son ahora de bajada. Por momentos el Garmin registra 60 km/hr. El zumbido del viento es impresionante y con solo agachar la cabeza y encoger los hombros se incrementa la velocidad. Es la parte más emocionante de la ruta y de toda la competencia. Los caminos están cerrados a todo tráfico y solo triatletas circulamos por la carretera, lo que da una seguridad que anima a no bajar el ritmo.



Muy pronto termina la bajada y el descenso se convierte en 3 o 4 kilómetros de terreno semi-ondulado, en los que hay que imprimirle fuerza a los pedales para mantener una velocidad decente. Las piernas no se sienten como antes de empezar pero repaso mentalmente lo que me falta y no siento que no haya con qué; quedan piernas todavía para los 21 kilómetros de carrera. Llego al puente que cruza la Autopista a México y termino el tramo de ciclismo en 3:05:01 horas. Nuevamente muy bien. La mejora respecto de las 3:15 del año pasado no impresiona tanto como los 17 minutos menos en el nado, pero aún así me siento contento. Si hubiera hecho 3:08 en esas condiciones de topografía, habría sido excelente; 3:05 es increíble para mí.

TIERRA...
La segunda transición es rápida. En poco más de 3 minutos ya dejé la bici, crucé la zona de transición, me puse gorra y tenis e inicié la carrera a pie.
Casi al iniciar, mi Coach me da las últimas indicaciones a gritos: "reserva fuerzas la primera vuelta, bebe en cada estación y come cada 45 minutos". Mi ritmo de los primeros kilómetros es "espectacular". Bueno, siempre y cuando espectacular signifique algo así como 5:10 min/km. Después del kilómetro 5, las piernas empiezan a resentir el trabajo. Mis benditas y sexagenarias rodillas empiezan, como siempre, a doler. Bajo un poco el ritmo, tratando de ahorrar fuerzas y poco a poco me acerco al kilómetro 10, pero el ritmo poco a poco ha ido bajando, llegando a los 6:00 min/km. 

La segunda vuelta no es para esquimales. El calor se siente fuerte, aunque por breves momentos la brisa refresca un poco, pero en general el calor se me empieza a acumular en el cuerpo y el reto ahora es sobrevivir. Olvidé comer el gel del kilómetro 7 y en el 11 o 12 lo busco en mi cinturón, sin encontrarlo. Ya no hay gel ni para el 7 ni para el 14; nunca supe en qué momento los perdí. Ahora ya solo quiero terminar abajo de las 6 horas. Pero no hay paso: ya no doy más y poco a poco veo como el Garmin se acerca a mi tiempo objetivo máximo de 6 horas. 



En esos pensamientos fatalistas voy, cuando veo una pierna con la letra "H" marcada en su pantorrilla. ¡Es un competidor de mi categoría!. Lo alcanzo y le pregunto ¿como vamos?. "La espalda me viene matando" me responde. "¿Cuántos van adelante?" pregunto y nuevamente me responde: "a ese ritmo ganas podio". ¡Sentí el impulso casi como si me pusieran un cuete atrás! faltan todavía 5 o 6 eternos kilómetros para terminar, pero la posibilidad de subirme al podio me reanima. Trato de no parar a caminar en ningún momento, aunque el ritmo no me importa, solo que ningún "H" me alcance.

Al ver el anuncio del kilómetro 20, siento como si reviviera. No hay fatiga, no hay cansancio, solo deseo de llegar a meta. Llego a donde los conos marcan un sendero para la llegada. No creo que mi ritmo fuera de mucho menos de 6 min/km. pero de todos modos yo siento como si volara, y llego a Meta...

SUELO...
Cruzo la meta sintiendo una mezcla de euforia, temor e incertidumbre. ¿Gané podio o entraron más de 3 competidores de mi categoría antes que yo? Me paro justo antes de que me cuelguen la medalla, me inclino para tomar aire y... ¡Suelo! Allá voy de boca al pasto. Siento como que estoy entre nubes, cierro los ojos y me dispongo a dormir, cuando alguien me pregunta "¿estás bien?". Solo un poco mareado, respondo, dame un minuto. Me quedo acostado boca abajo uno o tal vez dos minutos, con el paramédico vaciándome una botella de agua en la cabeza. Me ayuda a levantarme, me cuelgan mi medalla, me llevan a la carpa de primeros auxilios. Me voy, necesito saber si gané podio...

EPÍLOGO...
Tiempo nado.- 0:39:43
T1.- 0:08:16
Tiempo Ciclismo.- 3:05:01
T2.- 0:03:08
Tiempo Carrera a pie.- 2:09:02
Tiempo Total.- 6:05:12
3er. Lugar de Categoría 55 - 59 años.

martes, 12 de abril de 2016

MARATÓN DE PARIS, 2016.

París es una Maravilla. No estoy completamente seguro de que sea la Ciudad más bonita del mundo, como presumen en los promocionales de su Maratón, pero sí es una del top 3. Cuando caminas o trotas por sus calles, para cualquier punto cardinal al que voltees puedes apreciar las bellezas parisinas de todos tipos; el aire entre bohemio y nostálgico que se respira, da una sensación de estar en un lugar que no quisieras dejar nunca. Y si permites que se te resbale la frialdad de los parisinos, París es, en efecto, una maravilla.



Desafortunadamente, el Maratón de la ciudad está muy por debajo de París. Le hacen falta muchas cosas: Calidez y organización, principalmente. Lo primero se borra cuando suena la sirena de "arrancamos" (aunque reaparece en el instante en el que cruzas la meta) pero este Maratón tiene muchos detalles técnicos que hacen de esta carrera una que aún tiene mucho por aprender, por lo menos para mi gusto.

Empezamos por la Expo: Muy bien organizada, amplísima, nada que ver con la aglomeración de otras expos en otros maratones que he corrido y con todas las principales marcas de interés para un maratonista presentes (excepto Nike). La entrega de números muy eficiente y rápida, aunque yo fui de los primeros y tal vez no hubo tiempo de que llegara la horda de maratonistas por su número. Pero el paquete fue demasiado básico, por decir lo menos. No es que me importe un rábano la cantidad de espejitos que se incluyan de regalo, pero sí la información. Y aunque se publicó una guía del corredor, faltó información, que no se proporcionó en el paquete, la cual en ese momento no caímos en cuenta pero que hizo falta el día de la carrera. Eso sí, el pito que incluyeron en el paquete, no faltó en ninguno de los mismos. ¿Para qué? Ni los voluntarios que estaban ahí atendiendo a los corredores lo sabían. Bueno, de todos modos no tiene mucha importancia, porque además, el pito ¡ni siquiera pitaba!



El sábado estaba programada la Saturday Breakfast Run, una carrera de convivencia de 5K organizada como parte de los eventos previos al Maratón. Habíamos unos 2000 corredores, la mayoría extranjeros, incluyendo un puñado de mexicanos. Se correrría desde la meta, casi en el Arco del Triunfo, hasta el Campo Marte, saliendo en sentido inverso a la llegada del Maratón. Fue muy agradable la convivencia con corredores de todos los colores y nacionalidades. En especial es espectacular el punto de la ruta en el que después de una vuelta a la izquierda, se te viene encima la Torre Eiffel. Todo mundo nos paramos a tomar las fotos en grupos mezclados de chinos con gringos, ingleses, australianos, mexicanos y hasta los simpáticos argentiiinos. Corrí con mi esposa, a su ritmo. Nunca lo había hecho en una carrera, pues ella no es corredora habitual. Fue una gran experiencia.
Pocos días antes ya había tenido la oportunidad de trotar en Roma, siguiendo una ruta de GPS con el Garmin Fenix. La ruta tocó el Coliseo, el Pantheon Romano y El Vaticano. Una experiencia difícil de olvidar.

 Después del frugal "desayuno" de la Breakfast Run 5K, tocaba descansar y prepararse para la aventura del día siguiente. Pero era muy difícil resistirse al llamado de La Ciudad Luz... nos salimos "solo a comer rápido", pero terminamos mi esposa, yo y los compadres en el 2o. piso de la Torre Eiffel. Las comadres subieron por el elevador, pero contra todo el sentido común y contra todas las recomendaciones de descansar antes de un 42K, el compadrito y yo nos echamos por las escaleras los 140 metros de altura que tiene ese segundo piso :shock: (medidos otra vez con el Fenix). La comida de carbos fue en el Marco Polo, que fue el único restaurant que encontramos atestado de corredores en toda la semana. Fuera de las 2 carreras (la de 5 y la de 42K), solo ahí logramos vivir un ambiente parisino de Maratón.


Todo quedó listo para Maratón de París al día siguiente. Solo faltaba que se llegara la hora...
El domingo el arranque de la carrera sería a partir de las 8:00 AM, hora en que saldrían los corredores elite. Después, a partir de las 8:45 saldrían oleadas cada 15 minutos, cada una con miles de corredores clasificados según su tiempo estimado. Yo estaba asignado al cajón de las 9:00, pero era muy difícil llegar hasta el guardarropa. Había que atravesar toda la zona de la salida, entre miles y miles de corredores, entregar la mochila y regresar hasta los cajones, que además no estaban señalizados.

Llegué al cajón que yo creía que era el que me correspondía faltando 1 o 2 minutos para las 9:00. Cuando dieron el bocinazo, me di cuenta de que arrancaba el cajón que estaba 2 espacios adelante. No me quedaba otra que adelantarme a base de codo hasta el siguiente cajón para salir a las 9:15. Tardé exactamente 15 minutos en llegar hasta el frente del cajón de las 9:15, pero lo logré y justo cuando estaba llegando, ya con las pulsaciones a ritmo de Maratón por toda la odisea previa, sonó la sirena. Y ahí estábamos ya: ¡corriendo Schneider Paris Marathon 2016!
El tramo de aproximadamente 1 kilómetro en Champs Ellysées en el que arranca la carrera tiene pendiente a favor, pero la superficie es un adoquín no tan incómodo para correr. Aún así, el golpe de ariete de las emociones te tiene en las estrellas en ese momento mágico en que empiezas a correr ni más ni menos que Maratón de París, el maratón de la ciudad más bonita del mundo, según los organizadores.

Los corredores tomábamos los dos carriles de la famosa avenida parisina, así que en esa temprana etapa, no había aglomeración al correr. Esa zona era la única que estaba adornada con cientos de pendones verdes, alusivos al Maratón y mucha gente había en las aceras, animando a los amigos y familiares que empezaban la ruta. Muy pronto llegamos a la glorieta Roosevelt y con los magníficos edificios del Grand Palais y Petite Palais a la derecha, dimos un giro de más de 90 grados a la izquierda, hacia una avenida ya pavimentada con asfalto, en la que el Maratón de París bien pudo haber sido el de San Felipe Torres Mochas y nadie habría notado la diferencia: había muy pocas personas haciendo ruido o animando a los corredores y entonces empezamos a escuchar solamente el chancleteo infinito y la respiración de los miles de corredores. Era momento de concentrarse en la carrera, de establecer el ritmo de 5:00 a 5:10 min/km que yo tenía planeado.

Pero esas calles eran mucho más angostas que los Campos Elíseos, los maratonianos nos empezamos a aglomerar y fue más difícil correr con comodidad. En cualquier otro maratón, habría sucedido lo contrario: la multitud se iría abriendo poco a poco e igualmente poco a poco iríamos teniendo más espacio para establecer el estilo y el ritmo de cada quién. Pero en una carrera con más de 50,000 almas corriendo en la misma dirección y con las características de las vialidades por donde nos llevaba la competencia, sucedía lo contrario.

El clima había estado muy frío y hasta con lluvia los días anteriores, pero el domingo arrancamos a 10 grados. Era justo la temperatura necesaria para correr con una camiseta de fondo térmica de las ultra delgaditas, otra playerita en la siguiente capa y la camiseta de competencia arriba. Pero ya para el kilómetro 2 o 3 la alta humedad empezó a molestar y empecé a pensar en quitarme tanto la camiseta de fondo como la otra y quedarme solo con la de competencia. Finalmente, antes del kilómetro 5 me quedé solamente con el fondo térmico y la camiseta de competencia y tiré a un bote de basura la otra camiseta. Ya sin mucha ropa, me sentí mucho mejor, pero la humedad me hacía sudar a chorros.

Casi para llegar a la Plaza de La Bastilla y unos 200 metros antes del puesto de abasto del kilómetro 5 apareció de repente el respectivo anuncio del lado derecho. Empezaba inconscientemente a tenderme hacia ese lado para tomar mi abasto cuando veo que solo hay dos mesas de unos 10 metros del lado izquierdo, con botellines de agua. Todos nos tendimos hacia la izquierda y se armó la de San Quintín. Los manotazos para arrebatarle una botella a los voluntarios se pusieron a peso, los empujones más baratos aún y la pérdida de tiempo solo en ese primer puesto de abastecimiento, yo calculo que fue de por lo menos 20 o 30 segundos. ¡Increíble falla de logística! Y más para un Maratón de la categoría de París. Habría puestos de abasto cada 2.5 kilómetros, pero los que estaban en los kilómetros que no eran múltiplos de 5 (7.5, 12.5, etc.) eran "especiales". No había botellas de agua, sino una especie de palanganas en las que el que quisiera, se podía echar agua con las manos, al estilo vaquero :shock: Esto no lo había visto ni en los "maratones de 15 kilómetros" de mi pueblo!!

Mi ritmo ya lo sentía muy bien para ese momento. Todo el trayecto hasta el kilómetro 5 había sido de bajadita ligera al principio y totalmente plano después, así que pude establecer un paso muy cercano al plan. ¡Y se sentía sabroooooso!!! Todavía iba disfrutando la adrenalina del arranque y hablando con el de al lado cada que podía, aunque ninguno de los dos entendiéramos al otro.
En el kilómetro 9 entramos al Bosque de Vincennes. La temperatura era agradable todavía y nunca fue pretexto. Aunque algunos corredores al final comentaban que había hecho calor, la verdad es que para los que íbamos bien preparados, el clima no afectó. Sí se sintió la humedad y más al entrar al Bosque. Yo sudaba a chorros, pero tampoco fue factor.


 Al entrar en el bosque, no hubo más gente apoyando o si la había, era escasa. En ese tramo se podía "meter la pata" y mi ritmo fue mejorando ligeramente. Había ligeras pendientes hacia arriba y hacia abajo, y la calle es amplia. Esa parte de la ruta se presta para concentrarse en el ritmo y así lo hice.
En el puesto de abastecimiento del kilómetro 10 los voluntarios ya estaban un poco mejor organizados, pero nuevamente estaba de un solo lado de la calle y la aglomeración y los empujones para alcanzar una botella de agua no se hicieron esperar. No había isotónico; ¿tal vez en el 15? No. Nunca lo hubo. Y de geles y otros lujos, ni hablar!

Salimos de Vincennes en el kilómetro 19 y yo seguía de maravilla. Pasé la marca del medio maratón en 1:47:21, tal vez 1 o 2 minutos por encima de lo deseado, pero mi apuesta era acelerar el ritmo en los últimos 10 kilómetros, como siempre lo intento.
Pasamos nuevamente por un lado de La Bastilla, vuelta a la izquierda y vamos a dar a la rivera del Sena. ¿Y el Paris Marathon escénico? nunca vimos nada más interesante que el obelisco de La Bastilla!

 La ruta a lo largo del Sena es monótona. Se corre por la margen izquierda, aguas arriba y solo ves de un lado el muro de contención. Al otro lado del río, si ya viste París los días anteriores, puedes reconocer a lo lejos el impresionante edificio del Museo del Louvre y un poco más abajo, del lado contrario, la madreadísima Catedral de Notre Dame.


 De pronto, nos meten a un túnel. Uno piensa que es solo el cruce a desnivel de una avenida pero no: el túnel se prolonga por casi 2 kilómetros. Se pierde la señal del satélite en los Garmin y eso me distrae. Creo que no se a qué ritmo voy, pero seguramente sigo al mismo, pues me sigo sintiendo perfectamente bien de todos lados. Alguien se echa un pedo muy apestoso. ¡Ah, no! Es el olor característico que hay dentro del túnel, que literalmente parece el de un pedo silencioso, que ya se sabe que son los más tóxicos.

Ya fuera del túnel hay algo de gente apoyando. No demasiada, pero sí la suficiente para mantener el ánimo arriba. Los gritos de ¡Alez, Alez! se escuchan a cada momento y hay banderas de muchos países en las aceras. A lo largo del Sena la carrera se hizo adulta. Llega el kilómetro 30, subimos una pequeña rampa y au revoir Sena. Los 30 K los paso a 2:34:45, todavía dentro del margen necesario para atacar las 3:30 al final. Me alcanza el pacer de las 3:30, pero seguramente se atrasó antes y ahora viene recuperando tiempo, a ritmos de 4:50 o menos; acompaño al grupo unos cientos de metros, pero siento que van fuera de mi ritmo, les doy la bendición y los dejo ir. Entramos en un tramo en el que nuevamente hay literalmente miles de personas apoyando. Los gritos de Alez Mexico se escuchan de vez en cuando y hay algunas banderas de México. Yo voy feliz, me siento eufórico nuevamente, las rodillas no duelen tanto y el "runner's high" se hace presente. Siento que es hora de acelerar y lo hago.

Entramos al Bois de Boulogne (Bosque de Boloña) y nuevamente disminuye la multitud de espectadores, pero yo sigo a gran ritmo. Veo acercarse al de las 3:30. Pienso que tal vez se tronó o que yo voy mejorando mi paso; prefiero pensar lo segundo y me motivo. Llega el kilómetro 35 y sigo de maravilla. Las rodillas me duelen desde el medio maratón y cada vez duelen más. Llega el 38 y el Garmin sigue marcando ritmos de 5:00 min/km. Aunque parezca reiterativo, sigo de maravilla. Me siento fuerte y eufórico, feliz porque se que voy a terminar con buen tiempo.

El último puesto de abasto en el kilómetro 39 me obliga a frenar para tomar dos botellines de agua; me vacío una en la cabeza y me tomo completa la otra. Retomo el ritmo, siento que voy a todo lo que dan las piernas, pero checo el Garmin y no creo los 5:30 min/km que me marca. Yo siento que voy bien, me siento bien, estoy bien. ¿Qué pasa? Tal vez el Garmin miente... pero no. Sigo avanzando y se confirma: 5:45, 5:50, 6:00. El ritmo cada vez se hace más lento, aunque yo me siento bien. Pero las piernas ya no dan más.

Llega el kilómetro 40. Yo no la veo, pero escucho a mi esposa gritándome "Vamos México, vamos Gerardo". Las emociones se empiezan a congestionar en el nido de la garganta. Trato de acelerar y no se puede. Sigo bien, me siento bien, voy bien, pero voy cada vez más lento. Me desconcierto un poco, pero ya hay literalmente miles y miles de personas apoyando. Algunos gritan "Alez Mexique". Otros mal pronuncian mi nombre y todo en conjunto me sigue provocando una oleada de emoción que se contiene difícilmente. Llega el 42, levanto los brazos y volteo hacia la batería de cámaras para salir guapo en la foto. Es difícil contener la emoción, pero sigo avanzando, lanzo besos a los fans, tiro un gancho de izquierda y varios upper cuts, levanto los brazos y cruzo en 3:38:54. Nada mal para estar en un supuesto período de recuperación, después de correr IronMan Monterrey el pasado 20 de Marzo.

Después de cruzar la meta, pensé que habría gran actividad en la zona de recuperación, pero aunque había muchísimo abasto (pasas, fruta seca, orejones, nueces, plátanos, cubos de azúcar, naranjas, manzanas, tangerinas, agua, etc)., el ambiente era frío. No había el entusiasmo que se vive normalmente en una zona de recuperación después de un maratón. Tal vez porque el área era muy grande. Había, eso sí, carpas de empresas con entrada exclusiva para sus empleados que habían corrido y ahí se veía que la estaban disfrutando en grande.



Yo había quedado de verme después del Maratón con mi esposa y mis amigos enfrente del Arco del Triunfo, así que me tomé un par de selfies, alguien más se ofreció para tomarme algunas otras fotos con el Arco de fondo, me quité la ropa mojada, me colgué mi medalla y me puse la verde No. 7 y enfilé rumbo al punto de reunión.
Fue todo, por lo que respecta al Maratón. Fría despedida, poco digna de un evento en la Ciudad "más bonita del mundo".

EPÍLOGO.-

Correr en París da una sensación de grandiosidad. Al correr ahí, uno se siente maravillado, pleno, feliz. Tal vez en mayor o menor medida así se sienta todo corredor en un Maratón, pero París es definitivamente especial; es una Ciudad que tiene un aire de nostalgia. Tal vez nostalgia no sea la palabra correcta, pero es que es difícil encontrar el término exacto; el caso es que estar en París es especial.

París es un Maratón relativamente rápido. Se corre bien por su ruta, a pesar del adoquín y a pesar de todo lo demás, no deja de ser una experiencia fuera de lo común. Pero técnicamente, Maratón de París tiene mucho que aprender. Sería difícil que volviera yo a París especialmente a correr su Maratón. Un día no muy lejano cuando corra Maratona di Roma, podría correr de rebote París.
Pero por lo pronto, ya lo dijo Sabina...

"En Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver"

viernes, 30 de octubre de 2015

IRONMAN LOS CABOS 70.3

En 1974 visité Cabo San Lucas, en la península de Baja California, México, en un viaje de "estudios" con mis compañeros de la Preparatoria. Recuerdo perfectamente que fue en la segunda mitad del mes de Febrero de ese año, pues casualmente celebré mi cumpleaños número 17 en ese pequeño pueblo de pescadores en el que entonces existían hoteles que se podían contar con la mitad de los dedos de una mano. Eran las épocas en las que iniciaba el primer boom turístico en México; y Cabo San Lucas / San José del Cabo (Los Cabos) eran apenas un proyecto del Mega Desarrollo turístico que son ahora.


Más de 40 años después, mi regreso a Los Cabos tiene motivaciones muy diferentes a las de mi visita de los años 70: después de prepararme durante la mayor parte del 2015, voy a correr el IronMan Los Cabos 70.3 millas en este otrora pueblo de pescadores, hoy uno de los más concurridos centros turísticos del país


De mi anterior visita hace cuatro décadas recuerdo de poco a casi nada, pero aún así el lugar es ahora sorprendente. El solo nombre de la competencia ya es espectacular pero este centro turístico lo es más; con infraestructura de primer mundo y plagado de hoteles de lujo de todas las cadenas, colores y sabores. Sorprende, sobre todo, el estado que guarda la impecable infraestructura urbana de San José del Cabo; nadie adivinaría que hace cosa de un año, la ciudad fue gravemente dañada por el paso del huracán Odile.

Me he hecho a la idea de que la competencia no será tan difícil. Sí pues; será difícil, pero no una odisea extrema como se sabe que son este tipo de triatlones IronMan, corridos en climas peligrosamente calurosos y húmedos, así sean de "solamente" 70.3 millas. Y no es que adivine yo el futuro. Es más bien que me he metido a la fuerza en la cabeza la ilusión de que las cosas serán estándar y de que no habrá dramas para mí en esta carrera. Pero las ilusiones son solo eso.

El sábado, la cita con las compañeras de mi club era a las 7:30 de la mañana, en Playa Palmilla, para asistir a la práctica oficial de nado. Un poco con la grúa, pero logré levantar a tiempo de la cama a esposa e hija para llegar puntuales a la cita. El clima, a esa hora de la mañana, como el sol no termina de asomarse por sobre el horizonte, es muy agradable. Típico clima de la costa del Pacífico mexicano (aunque estamos en la costa del Mar de Cortez, pero también a unos cuantos kilómetros del Pacífico), cálido amable, casi fresco, y con una humedad relativa que hacía que la piel se sintiera solo un poquitín pegajosa. Pero al llegar a Palmilla, apareció el primer amago de problemas: el oleaje era muy alto y habría que esperar hasta las 8:30 de la mañana para saber si la Capitanía de Puerto daba visto bueno para la práctica oficial de nado en el mar.


Con el oleaje aún alto, finalmente se autoriza la práctica de nado y a las 8:30 todos, en estampida, enfilamos rumbo a mar adentro. Solo cosa de librar las primeras olas, que no era fácil, para después encontrar aguas más tranquilas, aunque no del todo. Después de los primeros 100 metros de nado y casi 20 litros de agua salada bebida, di la vuelta a la primera boya y regresé a tierra firme. Se podía nadar, pero con algo de incomodidad, por lo "picado" del mar. Repetí la experiencia y volví a entrar al mar, no sin antes sufrir uno o dos revolcones, producto de la agresión de olas demasiado bravas. Después de la práctica de nado y por la endorfina que produjo, todo pinta color de rosa: aunque son 31 grados centígrados los pronosticados, mañana en el IronMan las cosas irán de maravilla. No hay pierde.

Domingo 5:30 de la mañana. La hora de la verdad se acerca. Llegamos a Playa Palmilla, a la Zona de Transición 1, a dejar los arreos para la batalla y las sorpresas siguen siendo buenas: a dos cajones de bici del mío está el del buen amigo Iñaki. Ya hay con quién compartir los nervios y entre plática y plática, suena la sirena y ahí vamos: a zambullirse al Mar de Cortez, que ya inicia la etapa de nado.

De inicio intento mantener cómoda la brazada, a ritmo suave. No me importa perder algunos minutos en el nado; es la etapa más corta y lo poco que se pierda aquí, si en efecto es poco, es una inversión que se capitalizará al final. Pero el esfuerzo sí que no es poco, pues hay que nadar entre bastante tráfico de nadadores y con el mar muy picado. Además, pronto se me olvida la estrategia de ir a ritmo tranquilo y ya voy a buen paso. Después de la primera boya piramidal que marca vuelta a la izquierda, las cosas se complican. El tráfico es intenso y cada que otro nadador me toca o se me repega demasiado, me saca de ritmo y de estilo, pero a final de cuentas ¡Esto es el IronMan! así que me mentalizo para disfrutar nadando en el océano.

Nadando en el mar, para ser más exacto, que para el caso el oleaje es igual (o peor). Los tragos ocasionales pero vastos de agua salada, cuando alguna ondulación del mar me sorprende, superan el par.  Pero aún así, disfruto como enano de la parte más hermosa del triatlón: el nado en el mar. Me siento fuerte, pero después de la última vuelta a la izquierda, se me hacen eternos los cientos de metros finales. Piso tierra y salgo del agua en un tiempo final de 46:01 en los 1900 oficiales metros del tramo de nado, que es 2 o 3 minutos más de lo que para mí sería excelente. El Garmin registra casi 2.1 km. nadados, en parte por las imprecisiones de la señal del GPS en el agua, pero en parte también por la un poco errática trayectoria en el tramo de natación. Llego al cajón por mi bici y en el cajón vecino todavía está la de Iñaki. Monto mi Kestrel Talon 2014 y doy los primeros pedalazos de la subida inicial rumbo a la autopista a San Lucas.



La ruta de 90 km. de ciclismo corre en gran parte por la autopista hacia Cabo San Lucas, de ida y vuelta. En esta sección se va costeando todo el tiempo, pero con subidas prolongadas y empinadas que después descienden rápidamente. En las subidas, trato de pedalear a un ritmo que no me lleve más allá del 80% de mis pulsaciones máximas y trato de aprovechar las bajadas para recuperar el tiempo perdido. La posición sobre las aerobarras se siente cómoda, por lo menos la primera hora o algo así, y me ayuda a dejarme ir a toda velocidad cuando la pendiente es a favor. El pavimento está en general muy bien y solo algunas cerámicas o boyas representan algún riesgo, pero me siento muy confiado yendo a toda velocidad en las bajadas, que de reojo alcanzo a checar en el Garmin a niveles de hasta 60 km/hr. Por lo visto, las 2 caídas que he tenido en los entrenamientos de los últimos meses no me han escarmentado. Pero las subidas cada vez van desgastando las energías y lo que se gana en las bajadas se pierde con creces en los prolongados ascensos. Hasta el retorno en San Lucas, que marca más o menos los primeros 30 kilómetros de la ruta, logro mantener el ritmo objetivo, pero en el regreso poco a poco voy perdiendo segundos y el promedio va paulatinamente tendiendo más hacia los 29 que hacia los 30 km/hr. planeados.


No hay mucha oportunidad de disfrutar de las vistas hacia la playa. Hay que ir muy atento al camino, pero aún así, cuando baja la velocidad en las subidas se puede echar un vistazo al entorno espectacular de esta zona de la Península de Baja California y el Mar de Cortez.

El clima se siente seco, lo que ayuda a que los 31 grados de temperatura no me desgasten tanto, por lo menos en el tramo de ciclismo. Voy bebiendo un trago grande de Gatorade cada 10 o 15 minutos y al completar el regreso de San Lucas he consumido ya 3 bolsitas de gel. Pero los kilómetros de subida esos sí que desgastan. Y falta lo más difícil: después de más o menos 2 horas de pedaleo, llegamos a San José del Cabo, abandonamos la costa y enfilamos rumbo al aeropuerto. Hay que trepar la pendiente más difícil, de aproximadamente 8 kilómetros de longitud, en donde todo mundo vamos a vuelta de rueda, luchando contra la fuerza de gravedad. De pronto viene la bajada, pero se acaba rápido y otra vez a trepar y así sucesivamente hasta que finalmente se llega al retorno hacia San José. Un compañero competidor finlandés cae justo en la vuelta, un par de metros adelante de mí. Me detengo a auxiliar, pero él se levanta rápidamente, dice "I'm good, I'm good" y se monta de nuevo. Ya en el regreso las subidas son un poco menos prolongadas y como todo lo que sube en algún momento tiene que bajar, descendemos en el tramo final a velocidades cercanas a los 60 km/hr.


Unos metros antes de llegar a la Zona de Transición 2, veo a mi hija Sarah y mi esposa Ruth y los gritos de aliento que me lanzan me suenan a gloria. Levanto el puño derecho en señal de que me siento de maravilla. Por dentro, tal vez no sean tanto así como maravillosas las condiciones físicas, pero las sensaciones, la gigantesca euforia y el gozo masoquista definitivamente sí. ¡Que no se acabe nunca el Ironman!. Termino la etapa de ciclismo y registro 3:14:06 en la misma. Entrego la bici al voluntario, tomo mi bolsa con mis cosas de correr, bebo media botella de 600 ml. de agua, tomo una cápsula de sal, me como otra bolsa de gel Hüma sabor mango, una Gu Chomp de cereza y me preparo lo más rápido que puedo para salir a correr con las piernas solo un poco engarrotadas, pero la incomodidad pasa rápido y pronto voy corriendo normal.


La ruta de 21 kilómetros de carrera a pie tiene dos partes claramente definidas: la sección plana, más allá del puente, y la sección ondulada, que parece que no hace daño pero que de a poquito en poquito nos sabotea las piernas sin que nos demos cuenta. Es el kilómetro 1, con su ascenso a la parte más alta de toda la carrera. Piernas y cuerpo ya entendieron que hay que cambiar de pedalear a correr y el ritmo ya se estabilizó. Kilómetro 2: Saritah y Ruth me animan con porras y gritos de ánimo. La euforia me sigue invadiendo sin control y pienso que sin ninguna duda los 21 kilómetros de carrera serán un éxito, pues me siento muy bien.


Estoy fuerte. El calor se siente, pero no me frena. El Garmin chilla marcando el kilómetro 2, checo tiempo y el parcial de 4' 52'' que marca el reloj para el segundo kilómetro me pone aún más eufórico. No siento que vaya quemando energía de más, pues el ritmo se siente natural. Entramos al larguísimo puente y al subir siento el primer aviso de calambres en ambas piernas. ¿Es solo falsa alarma? definitivamente, pues todo volvió pronto a la normalidad. Busco mis pastillas de sal en la bolsa de mi jersey y no hay más. El agua y el sudor las convirtieron en una masa indefinida. El kilómetro 3 sale en 5' 12'' pero no hay problema pues pienso que la subida del puente me frenó y subió poquitín mi tiempo del 3er. kilómetro. Tengo que hacer una parada categoría 1 y por más rápido que la hago, pierdo tal vez medio minuto y el kilómetro 4 sale en 5' 40''. Aún me siento fuerte y el calor sigue sin preocuparme, aunque se siente feroz.


Primero siento un tirón en la pantorrilla izquierda, que pasa de inmediato, pero unos segundos después siento el calambre doloroso en la parte posterior de la otra pierna, abajo de la rodilla. No hay forma de no parar. Estiro, me doy masaje estando de pie, pues siento que si me siento ya no podré levantarme. Finalmente logro sobreponerme al calambre, pero el daño ya estaba hecho. Al reanudar la carrera, si trataba de correr a mi ritmo normal, a los pocos segundos sentía el aviso de que ahí venía el puto Don Calambres a joder. Y tenía que parar a caminar un poco para ahuyentarlo.

Antes de subir el puente de regreso en la primer vuelta, veo a Iñaki corriendo muy bien y en sentido opuesto. Intercambiamos gritos de ánimo; le llevo tal vez 3 kilómetros, pero dadas mis condiciones pienso que es inminente que me de alcance. Y así continúo, medio trotando y medio caminando cada vez que los calambres me atacan como los tiburones al gran pez de Hemingway en  "El Viejo y el Mar". Ya no solo es la pierna derecha sino ambas. En cada puesto de abastecimiento me baño con agua helada, lo que supongo que al final contribuyó un poco a que los calambres no me detuvieran por completo.

Un poco milagrosamente, pero logro avanzar en la segunda vuelta. Bajo del puente y faltan solo 3 kilómetros para terminar. Me animan al paso mi esposa e hija y trato, de una vez por todas, de sacudirme las calamidades y trotar a paso un poco más normal. Y lo logro, pero solo por unos cientos de metros. La pantorrilla derecha se vuelve a paralizar e intento agacharme para jalar la punta del pie, solo para que Don Calambres se ensañe también con la pantorrilla izquierda. Trato de caminar dos pasos de reversa hacia la acera para sentarme, se me traba no sé si el pie, la pierna o qué y allá voy de nalgas al suelo.

Como puedo, después de un par de minutos, vuelvo a la carrera.

Falta menos de un kilómetro. Iñaki me rebasa y corre tendido a la Meta. Se oye ya claramente al que anuncia los nombres de los competidores que van terminando. Escucho mi nombre ya casi para llegar a Meta y siento un poco de tristeza de que todo esté por finalizar. Cruzo la Meta con los brazos en alto.


Al tiempo que checo en mi Garmin mi tiempo final de 7:10:42, que es casi 1 hora y media más del tiempo objetivo, tomo una rebanada de pizza y un plátano y empiezo a pensar mientras como, ardido, que esto no se va a quedar así. Quiero revancha y tiene que ser cuanto antes. IronMan Monterrey tendrá que pagarme los platos rotos.

viernes, 24 de julio de 2015

Garmin a Punto de Morir

Inmediatamente después de terminar mi corrida AmansaLocos de 30 kilómetros del pasado domingo, mi veterano Garmin Forerunner 310 XT empezó a fallar.
Primero se quedó pasmado, como si el pobrecito estuviera sufriendo un ataque cataléptico. Estuve casi media hora tratando de reanimarlo. No me importó nada; ni siquiera pude enfriar adecuadamente, ya no se diga estirar. Bueno, con decirles que ni ganas de rehidratarme me daban. Estuve intentando todas las maniobras de resucitación que he escuchado o leído que son útiles en estos casos y... nada. Mi pequeño "hijo de mi alma" no reaccionaba.

Con lágrimas contenidas en los ojos manejé hasta mi casa, pensando en todas las alternativas posibles que tenía delante de mí.

Con el alma partida en dos, conecté mi queridísimo Forrestrunner a la computadora, pensando que tal vez (tal vez) la respiración de USB a USB hiciera el milagro. Mientras hacía tal, un poco de calma y resignación llegó a mi mente y, sin mucho aspaviento empecé a checar la página de Garmin. Le di una buena revisada al nuevo Garmin Forerunner 920XT... https://buy.garmin.com/en-US/US/into-sp ... 37024.HTML

Maravilloso. Realmente maravilloso. Bonito, funcional, tiene todo, en pocas palabras.

Entonces, un pensamiento deleznable me invadió. ¿Y si desconecto definitivamente el Forrestrunner y de una vez (de una buena vez) pido el Forerunner 920XT? De inmediato, los remordimientos y el sentimiento de culpa me invadieron y logré reaccionar a tiempo. Me detuve y pensé: Mi hijo del alma no se merece esta traición y que lo abandone en momentos tan, pero tan difíciles.
Escuché vagamente gritos de "se te va a enfriar el desayuno", pero eso había sido tal vez unos 30 minutos atrás. De cualquier forma, me dirigí cabizbajo al antecomedor. El plato con los religiosos huevitos rancheros dominicales, mostraba signos de frialdad. El vaso de proteína sabor fresa me supo más a medicina que nunca, pero me lo pasé de un jalón, al tiempo que empezaba a degustar los huevos rancheros, el jamón (frito pero con muy poquito aceite) y los frijoles negros (las tres cosas ya heladas).
 
Y entonces, el diablo empezó nuevamente a hacer travesuras en mi mente. Pensé que podría organizar una "Blitzkrieg cibernética" y pedir de inmediato el 920XT. "Lo haré. Está decidido. Además, los huevos rancheros están fríos". Pensé que tenía el pretexto perfecto. Diría algo como "Lo sé, lo sé, ha sido un error y hasta un pecado, una ofensa a la memoria de mi hijo del alma, pero estaba deprimido. Era pedir el 920 o morir en el infierno de la depresión y el sufrimiento". Seguramente el regaño de la progenitora de mis hijos (de mis otros 3), sería leve, sumamente leve.

Y antes de que me fuera a arrepentir, me levanté de la mesa y (casi) corrí hasta la computadora. Si lo ordeno ahorita mismo, ya no habrá marcha atrás. Si me hago pendejo y lo pospongo, en una de esas cambio de idea. O que tal si el Forrestrunner 310XT resucita?. ¡No! Lo pido ya.

Llegué a la computadora. Ya estaba dormidita, con la pantalla negra, como homenajeando en sus últimos momentos a mi hijo del alma. La desperté y...

Hijo de tu p... mi alma: ¡reviviste!

Estos Garmin tienen más vidas que un gato. Malandrines Garmin, no hay forma de deshacerse de ellos. Ni modo, 920XT, habrá que esperar un poco más.

martes, 23 de junio de 2015

Triatlón San Gil 70.3 millas. La Crónica...

Desde mucho antes de la salida me sentía nervioso; hay pocas cosas nuevas que uno puede hacer a mi edad y ante mi tenía, justamente, el reto nuevo y nada fácil para mí, de hacer un triatlón de media distancia (1.9, 90, 21.1 Km) en alrededor de 6 horas. Y por si esto fuera poco, me había impuesto la obligación de entrar en los primeros 3 lugares de mi categoría. Mis compañeros triatletas del CEENME y del SportCity me decían que yo podía, en un día perfecto, terminar en un lujoso 5:30 horas. ¡Y yo me la creí!. Tenía mis íntimas dudas, por supuesto, pero estaba casi convencido de que si no un 5:30, algo cercano al 5:45 sí era perfectamente posible. Y si lo hacía, el podio venía en paquete.


No había nadado ni 300 metros cuando ya me sentía desesperado. Soplaba una brisita que ondulaba la superficie del estanque y no dejaba ver casi nada. Una pausita, con el pretexto de acomodarme bien los gogles, no le iba a agregar más de 15 o 20 segundos a mi tiempo. La realidad fue que esa pequeña pausa se repitió no se cuantas veces: dejaba de nadar y trataba de ubicar mi posición en el trayecto, sin lograrlo. Escasamente veía la margen de la laguna y a lo lejos, lejísimos, veía la siguiente boya. Por increíble que parezca, en la primera mitad del nado nunca pensé en enfocarme ni en calmarme; me dejé llevar por la presión y los nervios, inconscientemente.
En algún momento sentí el intenso deseo de acercarme a la orilla, cuando la ruta lo permitiera, para tratar de poner pie al fondo aunque fuera por un momento, pero logré contenerme. En la enésima pausa, se me ocurrió ver el reloj y me enteré de que ya llevaba nadados casi 1,000 metros. Fue como el toque de una varita mágica. La desesperación y nervios empezaron a irse; conscientemente traté de enfocarme y lo logré; automáticamente empecé a avanzar mucho mejor y más rápido y no volví a detenerme. De todos modos, el daño ya estaba hecho y terminé el tramo de nado en más de 13 minutos por encima del objetivo.


Cuando llegué a la zona de transición, el tramo de mi categoría ya estaba prácticamente vacío de bicicletas . El voluntario me entregó mi bolsa de T1, me cambié rápido y monté en la bicicleta. No había transcurrido ni un kilómetro, cuando un competidor me rebasó en la curva de bajada que hay en el puente de salida, solo para ir a estrellarse con un poste de alumbrado unos metros más adelante. Lo alcancé a ver como levantaba la cabeza con la mirada perdida. Supongo que se golpeó muy fuerte, espero que esté bien.

A partir del kilómetro 10 de la ruta ciclista empezó el Rock and Roll. La subida, primero gentil, después en columpios interminables y, después de la desviación a Huimilpan casi constante y empinada, empezó a cobrar factura en los más débiles. Empecé a rebasar a algunos corredores de mi categoría, pero la ruta es perrísima y en algunos tramos la velocidad no llegaba a los 13 o 14 km/hr. Al terminar las subidas del columpio en turno, se avanzaba muy rápido; llegué a registrar velocidades cercanas a los 60 Km/hr. El pavimento está, en unos dos tercios de su longitud, en buenas o muy buenas condiciones, pero hay algunos otros tramos muy cacarizos o incluso con baches, que hacían la bajada peligrosa, razón por la cual no se podía uno dejar ir y tenías que ir aplicando freno para controlar un poco la velocidad. Después de regresar de la desviación, continuamos hacia Amealco, con otra subida espectacular. Por supuesto que nada comparable a las escaladas que uno ve en la televisión en las transmisiones del Tour de France, pero yo las veía mucho más empinadas. Y las piernas estaban de acuerdo. Era muy difícil mantener un ritmo constante y cuando el columpio terminaba, el descanso era brevísimo, solo para continuar con otro aún más empinado.


Por fin llegó el retorno en el kilómetro 55 y a partir de ahí todo fue emoción a mil por hora. No tanto así llegaba la velocidad, pero el pavimento bueno y la pendiente negativa favorecían las altísimas velocidades y como la carretera estaba cerrada 100% al tráfico, teníamos el camino abierto de brazos para correr. Más de la mitad de los kilómetros restantes fueron de bajada y el resto casi plano, por lo que había que ir atentísimo al camino para no parpadear ni cometer ninguna tontería. La emoción de la velocidad, repito, se iba al tope; el ruido del viento contra el casco se escuchaba espectacular. Fue la porción más emocionante y bonita de toda la carrera. Una experiencia difícil de igualar en ninguna otra ruta, por las características de ésta y sobre todo, por la seguridad que da el saber que no hay absolutamente ningún otro vehículo más que bicicletas y alguna que otra motocicleta en la ruta. Simplemente espectacular.

Desde antes del retorno en el kilómetro 55, se empezó a sentir el rigor de la ruta en las piernas y aunque venía siguiendo al pie de la letra el plan de hidratación y alimentación a base de Gatorade, Gel Gu y Gu Chomps, empecé a sentir algo de pesadez en las extremidades. A pesar de eso, me sentí en general fuerte en el tramo de ciclismo, pero definitivamente el régimen de entrenamiento que seguí, a base de sesiones de circuito prácticamente plano, no es lo mejor para esta ruta.


Al salir a correr, no sentí nada extraño en las piernas. Esa sí fue una excelente señal. La sensación de que las piernas van por el lado y al ritmo que ellas quieren mientras que tú intentas algo totalmente diferente, no apareció. Me sentí de maravilla, pero me asusté. El primer vistazo al Garmin me reveló un ritmo de 4:45 min/km, pero el calor y el solazo ya estaban sintiéndose, así que pensé que más valía trote que dure y ajusté el paso a 5:00. El pavimento de adoquín es muy incómodo y agresivo; yo había decidido correr con los Asics GEL Noosa, en lugar de los Nike Structure. ¡Error, marcó la pizarra!. Muy pronto me empezó a doler la bola del pie derecho (la zona junto al dedo gordo), pero afortunadamente nunca progresó la molestia hasta grados que impidieran correr correctamente.

Hasta el kilómetro 5 o 6 el ritmo se mantuvo parejito en el vecindario de los 5:00 min/km, pero a partir de la recta interminable en la zona que le llaman el "Triángulo de las Bermudas", poco a poco el ritmo se fue a los 5:30, casi sin sentir. Un poco desorientado por el circuito tan tortuoso, me sorprendió un poco que de pronto estaba ya en el kilómetro 10 y mi familia estaba ahí gritando y tomándome fotos y video, justo en la marca de la 1a. vuelta. Pero para entonces, el ritmo ya se iba más hacia el 6:00 que hacia el 5:30. En una competencia de este tipo, tan larga y que se corre a un ritmo menos intenso, el muro se siente diferente; no es como en el maratón, en donde uno literalmente se estrella con la pared. Aquí es paulatino y vas sintiendo como la Pájara es más y más descarada y te va descargando todo su peso paulatinamente. Por momentos, sobre todo cuando tomaba hielo en los puestos de abastecimiento y me lo ponía abajo de la gorra, sentía como el paso se avivaba, pero no por mucho tramo. Supe que el objetivo de las 6:00 horas ya no se lograría; también supe que subir al podio solo había sido un sueño guajiro. Pero me sentía animado, feliz de sentir la certeza de que iba a terminar. Una señora me gritó: "Ánimo, que aunque a gatas, pero llegamos". Yo contesté "Si Señor" y los gritos y porras de allá para acá no se hicieron esperar.


En el kilómetro 18 me alcanzó un corredor ya mayorcito. Rápidamente observé la calca con la "H" en su pantorrilla. ¡Es de mi categoría!. No iba a dejarlo ir. Me pegué a su lado y nos fuimos jalando juntos hasta el puesto de abasto, donde el se quedó unos metros atrás. Para entonces, la euforia ya estaba en talla XXL y el agotamiento ya había pasado al olvido (aunque las piernas no lo sabían y seguían a 6:00). Pero el viejito de la H me volvió a alcanzar ya en el kilómetro 20; tercamente quería llegar a la meta adelante de mí y yo no se lo iba a permitir. Faltaba solo 1 kilómetro y "aceleré". Logré sacarle casi 20 segundos en ese último kilómetro. Pero lo mejor del mismo fue que pronto aparecieron los carriles de llegada; "aceleré" aún más y entré a la meta. Me eché una "apeadita", como dicen en mi pueblo. Más que apeadita, lo que hice fue acostarme en la sombrita, justo después de la meta. Llegó el paramédico y me preguntó si estaba bien. Solo le levanté el pulgar y me dejó reposar. Después llegó un tipo vestido de blanco, con logos de Challenge San Gil por todas partes y, aún yo acostado, me dio un apretón de manos. Lo recibí con gusto: Misión Cumplida.
Lo volveré a hacer una y otra vez.

https://connect.garmin.com/modern/activity/811660137


Tramo de nado, 1.9 Km.- 56:38
Transición 1.- 0:05:54
Tramo de Ciclismo, 90 Km.- 3:15:56
Transición 2.- 0:03:04
Tramo de Carrera, 21.1 Km.- 2:05:12
TOTAL TIEMPO CHIP.- 6:26:46

miércoles, 20 de mayo de 2015

Proyecto Ironman 2015... a 5 semanas de San Gil.

Al mismo tiempo que inicié el año de 2015, me embarqué en la aventura de correr un Triatlón Ironman.

Como primera escala de dicho viaje, Triatlón San Gil será la competencia en la que el próximo 21 de junio, si todo continúa como hasta ahora, tendré mi primera experiencia en la media distancia. Es decir, Triatlón San Gil, con su distancia equivalente al Medio Ironman (70.3 millas), será mi primera prueba de fuego antes de decidir si las fuerzas podrán ser suficientes para ir por la distancia completa y convertirme en Ironman algún día no más lejano que finales de este año.


San Gil no es de la franquicia Ironman propiamente, sino de la familia de Triathlon Challenge. Se trata de una competencia igual en distancias al medio Ironman, pero más difícil. Tal vez sea San Gil el triatlón de media distancia más demandante en México, debido principalmente a los empinados 90 kilómetros del tramo de ciclismo, que se corren en la Sierra Gorda de Querétaro y que debido a su topografía montañosa, se convierten en un verdadero reto difícil de vencer, y más para un novato en estas distancias.

 
Los 1900 metros acuáticos de San Gil se nadan en un lago artificial, sin dificultades mayores que las normales en cualquier triatlón, y el medio maratón que remata la competencia, si bien es casi plano, se correrá con el sol de mediodía cayendo a plomo. En suma, es San Gil un dragón difícil de matar, aún para los experimentados, más para los bisoños como yo.


Mi preparación ha ido sobre ruedas y no solo sobre las de mi bicicleta. Mi nueva socia, una Kestrel Talon 2014, aderezada con rines Shimano Dura-Ace está totalmente adaptada a mi anatomía. Y yo a la de ella. Estoy cubriendo distancias crecientes cada vez y las rodadas largas de los fines de semana ya alcanzaron varias veces las 4 horas y 20 min, que en distancia llegan a los 130 kilómetros. Y a ritmos que a veces me sorprenden. Siendo yo esencialmente un maratonista con mediana experiencia en Mountain Bike, ya un poco empolvada en el pasado, el ciclismo de ruta no es precisamente mi especialidad. Pero con gusto he ido descubriendo que soy bastante competitivo en esta disciplina.


En lo que respecta al renglón del nado, sí debo confesar que solamente logro sobrevivir las distancias, sin poca o ninguna aspiración de acercarme siquiera a la medianía en cuestiones de eficiencia, resistencia y velocidad. Pero aunque el esfuerzo tiene que ser mayor en este renglón, poco a poco también he ido logrando un nivel que me eleve por encima del mínimo de la decencia.

Pero en el rubro de la carrera es donde mi experiencia me debe sacar a flote. Siendo corredor y maratonista desde hace más de 30 años, la carrera ya la traigo integrada de fábrica. Es aquí donde disfruto más y en donde espero tener una buena ventaja competitiva.

Las distancias y los volúmenes de entrenamiento han ido creciendo mes a mes. Abril fue tal vez el mes de más entreno en toda mi vida. Y mayo lo será aún más. Pero sorprendentemente, el cansancio físico y mental no es mayor sino que es una carga que he podido ir llevando adecuadamente en estos últimos 5 meses. El tiempo para entrenar hay que ir a buscarlo y en ese sentido las cosas no han sido fáciles, pero me las he arreglado. Y la motivación va en aumento.

Como parte de mi preparación, el 2 de Mayo pasado corrí Triatlón Monterrey. Una competencia que forma parte de la ITU World Triathlon Series y que tomé como termómetro para checar el avance en mi preparación hacia San Gil. La distancia fue la Olímpica, que son 1.5 kilómetros de nado, 40 de ciclismo y 10 de carrera. El objetivo era acercarme lo más posible a las 2:45 horas de tiempo total. El resultado fue un 2:49, bueno para un 3er. lugar de la categoría de 55 a 59 años. Nada mal para una carrera de preparación.


Con el ánimo renovado después del buen resultado en Triatlón Monterrey, estas dos semanas recién finalizadas han sido de gran volumen de entrenamiento. En especial la más reciente en la que completé 13 horas en 6 días de entrenamiento y 1 día de descanso. La agenda de la semana fue así:

Lunes.- 2.4 km. de nado en 0 Horas : 49 : 04 (repeticiones largas con recuperaciones medias)
Martes (AM).- 25 Km. de bicicleta en el rodillo en 0 horas :50:34
Martes (PM).- 12 Km. de trote ligero en 1 Hora : 10 : 05
Miércoles.- 2.6 Km. de nado en 0:54:08 (repeticiones largas con recuperaciones cortas)
Jueves.- 30 Km. de bicicleta en el rodillo en 0:59:39 + 5 Km. de trote muy ligero en 0:30:20
Viernes.- Descanso total
Sábado.- 27 Km. de trote ligero en 2 Hrs. 33: 34
Domingo.- 130 Km. de bicicleta en ruta en 4 hrs :20:05 + 10 Km. de trote muy ligero en 0 hrs : 51:29

Totales de la semana:
Nado.- 5 kilómetros
Bici.- 185 Kms.
Carrera.- 44 Kms.
Tiempo total.- 12 Hrs : 58 : 58

Quedan 5 semanas paraTriatlón San Gil. Si las lesiones me respetan, espero correr el 21 de junio esta competencia en un objetivo de tiempo de 5 Hrs. 45 min. Cualquier tiempo igual o menor que éste será un éxito rotundo y no tendré pretexto para continuar rumbo al Ironman a finales de año. Si logro correr abajo de las 6:00 hrs. también será un éxito moderado y los planes se mantendrán. Pero si el resultado es de un tiempo mayor a las 6:00 horas, o bien, el sufrimiento se me viene encima durante la competencia, pensaré dos o tres veces y reevaluaré el plan de hacer Ironman este año.


Habrá que poner toda la carne al asador estas 5 semanas y ya veremos lo que nos deparan el destino y Triatlón San Gil.

lunes, 18 de mayo de 2015

El Embrujo de Boston

La ruta del Maratón de Boston es diferente. No solo no es un circuito, sino que es una ruta en bajada, en la que la salida y la meta están separados más de 35 kilómetros en línea recta. En total, de la salida a la meta hay un descenso neto de casi 150 metros. ¿Esto hace que Boston sea una ruta rápida y fácil? Rápida, tal vez. Fácil, ¡No! Al contrario, es una ruta muy difícil y traicionera.

Después de un rápido y ondulante descenso en la primera mitad del Maratón, se llega a Newton, mediana población de no más de 80,000 habitantes. Al llegar a la milla 17, ya en pleno Newton, empieza la porción más famosa y más retadora de la ruta. A partir de ahí y durante aproximadamente 3 millas, empiezan 3 empinadas subidas que preceden a la famosa y temida colina "Rompecorazones". La famosa Heartbreak Hill.



Para muchos, vencer la Heartbreak es la antesala del éxito en Boston Marathon. Para muchos otros, Heartbreak Hill es la entrada a un reto aún mayor: "La Milla Embrujada".

Existen muchas historias en las que se cuenta que la Milla Embrujada es el lugar en donde los grandes protagonistas del Boston Marathon desfallecen. En 1963, Mamo Wolde, campeón Olímpico en el Maratón de México 68, empezó a caminar en la Milla Embrujada después de liderar durante más de 30 kilómetros la competencia. Y como Wolde, muchos otros grandes corredores han sufrido igual ahí.

John "The Younger" Kelly, ganador de Boston Marathon en 1957 y 5 veces segundo lugar, la llama "El Cementerio de la Esperanza Perdida", porque muchos corredores llegan ahí casi a deshacerse.


La Milla Embrujada es casi plana y no es tan intimidante a primera vista como puede ser la colina Rompecorazones, a pesar de que corre por el límite del Cementerio Evergreen en Newton. Entonces ¿qué es lo que la hace tan difícil? Dicen los que conocen bien la ruta de Boston, que simplemente es el punto en donde está localizada; el momento en el que aparece. Después de conquistar con grandísimo esfuerzo las colinas de Newton, que son las más empinadas de la ruta, los corredores caen en la cuenta de que aún tienen por delante por lo menos otras 5 millas antes de llegar a la meta. Una vez que desaparece la euforia de haber conquistado la Rompecorazones, la cruda realidad de que todavía hay por delante casi 10 kilómetros de sufrimiento, con mucha frecuencia destruye el ánimo de los corredores.

Poco después viene "El Anuncio Embrujado". Se trata de un espectacular de la empresa Citgo que está en los últimos kilómetros de la ruta del Boston Marathon. En esos últimos kilómetros de la carrera, de pronto los corredores lo divisan a lo lejos y es desmotivante correr y correr y seguir viendo el anuncio siempre a lo lejos. Los veteranos de esa ruta recomiendan correr rehuyendo mirar el anuncio de Citgo y solo verlo cuando se pasa justo frente a él. Entonces, al dejar el anuncio atrás, según cuentan los maratonistas de imaginación más locuaz, el embrujo del Citgo se transmite al corredor, infundiéndole fuerzas suficientes para correr las últimas dos millas del recorrido.


En mi caso, cuando corrí Boston Marathon seguí los consejos y no miré el anuncio. Vi que apareció a lo lejos, aparté la mirada y no volví a verlo; ni siquiera cuando pasé frente a él. No sentí nunca el embrujo del anuncio sobre mis piernas, ni para bien ni para mal.


Así es Boston Marathon, por lo menos ese es el recuerdo que tengo de este maravilloso Maratón. Una ruta inolvidable, no tanto por sus características físicas, sino por todo el halo que la rodea antes durante y después de la competencia, y principalmente por lo maravilloso de su entorno y de la gente que la corre o que de muchas otras formas participa en este gran evento, The Boston Marathon, el que yo llamo "El Cielo de los Maratonistas".

jueves, 8 de enero de 2015

Proyecto Ironman 2015

Tenía ya varios meses dándole vuelta al tema. Sentía (y siento) que las piernas pierden velocidad y que cada vez cuesta más dolor entrenar a ritmos rápidos; que las lesiones son cada vez más frecuentes y más prolongadas; que el entusiasmo de mejorar mis tiempos en Maratón es algo que ya no se tiene y que el que deja de ponerse retos se muere de a poco en poco. Entonces pensé que tal vez era tiempo de cambiar a objetivos mucho más modestos, como correr el Maratón en el rango de las 3:45 a las 4:00 horas. Y no terminaba de convencerme.

Entonces, me enteré que un par de compañeras del club en donde me inicié en el triatlón (CEENME), estaban entrenando para hacer su primer Ironman en Cozumel, en Noviembre pasado. En un principio pensé, como siempre había pensado, que era demasiado, que un Ironman es para sufrirlo, jamás para disfrutarlo, que nadar, pedalear y correr continuamente durante medio día y más de 226 kilómetros era para locos insensatos. Pero después de ver que una de las dos compañeras terminó Cozumel en menos de 12 horas (tiempo maravilloso para una mujer de 45 años, debutante en Ironman y con quién muchas veces entrené a la par, sin desmerecer), mis pensamientos cambiaron y empecé a pensar que tal vez sí es posible disfrutar un Ironman.


La puntilla me la dio una persona ya mayor, obrero de la planta química en donde trabajo. En alusión a un hijo que acababa de graduarse, mencionó algo que yo había pensado poco antes, aunque con diferentes palabras: "El día en que nos conformamos, ese mismo día empezamos a chupar faros (morir, en lenguaje coloquial mexicano)".

Esa tarde, al estar corriendo en la caminadora, pensé que conformarme con tiempos en Maratón muy por debajo de lo que estoy acostumbrado, era empezar a morir de a poquito. Quizá embarcarse en un proyecto tan loco como ir por el Ironman, era lo que me podría poner nuevamente con el entusiasmo a tope. Y ahí mismo, sobre la banda caminadora, tomé la decisión: Iré por un Ironman. ¡Y así nació mi proyecto Ironman 2015!.


Cambiar de Maratonista y Triatleta de distancias cortas a Ironman no es fácil ni rápido. Por lo menos 10 meses de un cambio radical de régimen de entrenamiento y hasta de estilo de vida tal vez serán necesarios. Y digo tal vez, porque como dije antes, no es fácil prepararse para un Ironman.

Entonces surgió el plan. En Junio será la primera escala de mi viaje Ironman 2015: haré mi primer Medio Ironman en Triatlón San Gil, si Dios me lo permite. No es un triatlón de la franquicia de Ironman, pero es exactamente equivalente en distancias y en exigencias: 1.9 kilómetros de nado en un estanque artificial, más 90 kilómetros de muy difícil pedaleo en una ruta extremadamente ondulada, rumbo a la Sierra Gorda de Querétaro y regreso, para terminar con un Medio Maratón sobre una ruta trazada bordeando un campo de Golf, totalmente plana.


El objetivo ambicioso es correr San Gil en el rango de las 5:30 a 5:45 horas, objetivo que se ve bien dentro de la lógica, de acuerdo a mis capacidades conocidas y a mis tiempos en Maratón y en Triatlones más cortos. Si todo sale bien y continúa bien en los meses posteriores a San Gil, atacaré la etapa final de esta jornada: Ironman Cozumel, en la isla del mismo nombre, a finales del mes de Noviembre. ¿La meta? Me da la tentación de ponerme un objetivo de menos de 13 horas. Pero la prudencia me dice que vaya solo por terminar la ruta. Si salen 13 o salen 15 o 16 horas, el logro será el mismo: ¡Seré IRONMAN!

lunes, 3 de noviembre de 2014

Running Retro

Dicen por ahí que en este mundo lo único seguro es el cambio. Y es verdad.
Todo cambia, para bien o para mal, pero todo va cambiando. Algunos cambios toman años, otros décadas y otros siglos o milenios, aunque también hay cambios intempestivos. Y esto del Running por supuesto que no iba a ser la excepción a la Ley.

Ha habido cambios importantes en este deporte y estilo de vida. Los más han tenido lugar en las formas, porque el fondo es difícil o imposible de cambiar. Correr es una actividad perfecta, por más que los vendedores de humo traten de introducir conceptos rebuscados y contranatura para vender más Nikes o Asics o Sauconys, o bien, para tratar de captar más suscripciones a sus programas de entrenamiento en línea pagados o para justificar sesudas investigaciones doctorales que no hacen sino contribuir a la confusión mercadológica artificialmente creada que rodea el Running. La realidad es que no hay en este simple ejercicio de alternadamente poner un pie delante del otro, mucho que cambiar. El fondo del asunto prevalece intacto. Es tal la maravilla de esta actividad.


Pero lo que sí ha cambiado y a ritmo exponencial, es la forma en la que vivimos nuestra actividad, hoy pomposamente rebautizada como "El Running" y en esta entrada intentaré narrar algunos de los cambios que he visto a partir del ya muy lejano 1983, año en que me inicié como corredor. No intento criticar ni escribo para denostar nada. Es un hecho que mucho de lo que ha cambiado ha sido para mejor. Tampoco puedo negar que yo mismo me he embarcado en esta ola y que en buena medida, estos cambios han contribuido para mantener y exacerbar mi interés en el Running en estos 31 años.


Hoy se dice que corremos contra nosotros mismos. No se trata de vencer a nadie sino de mejorar o superar nuestros tiempos o nuestros objetivos. Hipócrita o genuinamente nos convencemos de que no se trata de vencer a nuestro compañero de entrenamiento o a nuestro rival del gym, pero cuando logramos entrar a la meta primero que él, gozamos intensamente, mucho más intensamente que cuando logramos un RP.
En aquellos lejanos 80's se competía principalmente contra el rival. Las marcas personales eran importantes, pero lo más era ganarle al rival, subirse al podio, obtener el trofeo. Claro que había corredores "recreativos", pero eran la excepción. La mayoría teníamos posibilidades de competir dignamente por el podio y lo hacíamos. La hoy tan simpática y odiada pregunta de "¿en qué lugar quedaste?", era auténticamente temida por los corredores. Cuando el resultado había sido malo, más valía salir de la meta directo a casa, sin encarar a los amigos preguntones.

Hoy es más importante el style de las mallas de lycra o la fluorescencia de los tenis, que la carrera misma. Hace 2 o 3 décadas había en México solo una marca decente de tenis para correr: Los Adidas Marathon. Eran durísimos, la suela resbalosa y con poca o ninguna amortiguación y se usaban para asfalto, para pista (de tierra o arcilla, pues el tartán era un lujo sumamente escaso), o para cualquier otra superficie, pero las quejas por la fasciitis o la periostitis eran las mismas que hoy. No más, no menos. Los pronadores eran una especie desconocida y los supinadores otro eslabón perdido y no por ello había legiones de corredores lesionados, como nos sentencian los "expertos" si no usamos las zapatillas adecuadas a tu tipo de pisada, peso, ritmo, tipo de carrera, estado de ánimo, etc., etc. Los que teníamos unos Adidas Marathon éramos privilegiados, pero las zapatillas super ligeras, de piel, con solo dos tiras azul y roja y no tres, como los Adidas, eran lo más generalizado; su suela de baqueta no tenía más de dos milímetros de espesor y el talón tal vez otros dos. Nadie se complicaba la vida decidiendo cuánto drop era el ideal para su tipo de zancada. Tampoco había opción de escoger ni de publicar en Facebook el modelo de tenis seleccionado para correr el próximo Maratón y en aquellos tiempos de control de cambios e importaciones prohibidas, el que tenía unos Nike era tal vez corredor de élite.


En los años 80's no había GPS. Los Garmin y los Suunto no estaban todavía ni en los sueños más mariguanos de los científicos del MIT o de la NASA. Las distancias se medían con el odómetro del auto, si eran en ruta, o por vueltas a la pista. De modo que los ritmos de carrera siempre se corrían relativamente al feeling. Y digo relativamente, porque el competidor del frente era la referencia. Tratabas de aguantar el ritmo o superarlo, si podías. Y si no... bye, bye, Balboni. De modo que los Garmin no existían, pero ni quién los necesitara. Porque además se entrenaba en la pista, en grupo y corriendo como con el demonio adentro. Aquello de "easy run" no existía. Se entrenaba siempre a morir y con la filosofía de moda: "No Pain, No Gain". El cronómetro era solo testigo fugaz en cada vuelta, pues no había ni forma de registrar o grabar los tiempos, a menos que la bestia que tenías por entrenador se dignara anotar y gritar los parciales de vez en cuando. Hoy, si llegaras a olvidar el Garmin para un Maratón, sería una verdadera tragedia. No habría para muchos forma de establecer un ritmo adecuado y morirían de tristeza al no poder compartir la actividad completa y con mapa en el "Face" o en el "Garminconnect".


La inscripción a un Maratón o a una carrera importante era muy sencilla. Llegabas el sábado previo, siempre y cuando no fueran todavía las 8 o 9 de la noche y te entregaban tu paquete del corredor inmediatamente. Nada de inscribirse, como ahora, 4 o 6 meses antes por internet; hoy día casi es necesario hipotecar tu alma al diablo para conseguir un lugar en los más prestigiosos Maratones. ¿Y todo para qué? ¡para que al final, un montón de bandidos se acaben el abastecimiento!
Pero en las carreras de hace 2 o 3 décadas siempre había lugares disponibles, aún para los que llegaban de otras ciudades a inscribirse a última hora. Las muy caras costaban tal vez el equivalente a $8 dólares o menos, pero las de bajo perfil, que se corrían todos los sábados o domingos, costaban menos de $1 dólar. ¡Y con camiseta incluida!
Los números eran impresos con serigrafía, generalmente en papel simple o en manta y no había números personalizados ni con tanta publicidad. En muchas competencias los entregaban minutos antes del disparo de salida.

Un día antes del entrenamiento de gran fondo había que ir a la ruta planeada a "sembrar" el abastecimiento. Bolsas de agua simple cada 5 kilómetros o cada 10, según la distancia total planeada. No había Gatorade, por lo menos no en México. Mucho menos Gel con o sin cafeína, ni Sport Beans ni Gu Chomps ni nada por el estilo. Los más tecnificados, preparábamos una especie de limonada semi-salada, preparada en agua mineral y con una pizca de azúcar, que hacía las veces de isotónico y que funcionaba aceptablemente. En los Maratones, el abasto consistía exclusivamente de agua simple. Cientos de "bolis" eran repartidos entre los participantes y eran mucho más fáciles de consumir que los líquidos que hoy reparten en vasos de cartón.

Años atrás lo importante era el "Running" y nada más. Hoy, el culto al cuerpo y a la imagen son lo esencial y el consumismo se ha apoderado de nuestras mentes "runneriles" y ha cambiado nuestras prioridades. Tal vez sea mejor así, no lo se. Cada cabeza es un mundo y cada quién tiene sus motivadores. Lo que es un hecho es que hoy el "Running" está más vivo que nunca. Jamás se habían visto las cantidades de corredores en un Maratón, como por ejemplo los 50,000 que corrieron en Nueva York el pasado fin de semana. Eso tal vez es señal de que la forma en que los corredores asumimos nuestra afición hoy día es mucho mejor para nuestro deporte que lo que era hace años. O bien, que los medios de todos tipos, al servicio del deporte, han logrado una penetración tan intensa en la población, que ha impulsado de esta manera el gusto por correr. ¡Enhorabuena!